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La música de su cuerpo
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La música de su cuerpo



 

La música de su cuerpo

Mientras el bebop de Dizzy y Charlie sonaba en los auriculares, yo simplemente estaba pensando en ella. La música no me ayudaba a dispersar mi mente y no me ayudaba a olvidarla. Era oficial: Estaba loco por ella.

Los auriculares estaban con el volumen casi al mínimo, pues tenía las esperanzas de que a ella se le ocurriera, en el calor de la tarde santiagueña, vestirse lánguida y sobria, tomarse "El Argentino" y tocar el timbre de mi casa, solamente para que la invitara a pasar a ver la tele y comer un sánguche de salame. No sé por qué se me había ocurrido que pudiera llegar a ser probable, pero no quería salir de la fantasía. Simplemente quería verla y disfrutar de su compañía.

Y la música seguía sonando. La trompeta de Dizzy aullaba y chillaba tan bellamente que logró captar mi atención por un instante, pero aún así me recordó su voz, a pesar de tenerla como una mezzosoprano. "¿Tan desesperado estoy?", me pregunté. Charlie Parker me contestó. Logró meter la altura del sonido libinidoso de su saxofón de manera tan armónica con la trompeta de Dizzy Gillespie, que me puso la piel de gallina: exactamente lo que me pasó la primera vez que ella me había regalado un abrazo.

Me dieron ganas de tomar mate cocido, pero no había nadie en mi casa: eran las seis y media. Mis padres habían salido a hacer unos trámites y mi hermana estaba trabajando. Mi hermano ya no vivía con nosotros, se había ido a compartir hogar con la novia. Sinceramente, no supe cómo hacer mate cocido. Prendí la hornalla y puse el jarrón con agua para hacerla hervir, pero jamás me había imaginado, hasta ese entonces, lo difícil que era el proceso. Mi vieja lo hacía parecer tan fácil, que incluso lo hacía hasta cuando su atención estaba centrada en los programas que, hasta hoy, muestran las peleas de las modelos por la tarde. Lo hacía completamente a ciegas, sin mirar el jarro ni la yerba. Apagué la hornalla, vacié el jarro y lo guardé nuevamente. Como aún tenía hambre, me crucé a doña "Marzúcar" y le pedí que me fiara un paquete de galletas, y le aseguré que mi vieja le pagaría cuando volviera. Cuando me acerqué al cordón de la vereda del frente, logré divisar un colectivo y se me pasó por la cabeza de que ella podría haberse bajado en la esquina, pero no lo había hecho.

Cuando me senté en la computadora, me volví a poner los auriculares y Charlie Parker y Dizzy Gillespie aún seguían tocando. Chano Pozo marcaba el ritmo de "Manteca" con las congas. A pesar de que era un ritmo afro americano, las congas de Chano Pozo me recordaron al temblor de los tambores de las canciones árabes, que ella bailaba. Se me vino a la mente el movimiento de sus caderas, meneándose al sensual ritmo árabe.

Su voz y su cuerpo estaban plasmados en mi cabeza, pero no podía recordar su cara. Desde que la hube conocido, no pude despegar su cara de mí. Y eso que no habíamos comenzado con el pie derecho nuestra relación.

La conocí cuando veintiún chicos de los tres novenos fuimos juntados en un solo curso para cursar el primer año del polimodal. Conocía a la tercera parte de mis compañeros. A los demás los conocía de vista o de nombre, pero nunca había intentado trabar amistad con alguno de ellos.

Allí estaba Eduardo, a quien había conocido hacía un año, cuando estaba enamorado de la mejor amiga de mi novia por ese entonces. Siempre había creído que era un buen tipo, y me lo demostró durante el año entero en el que fuimos compañeros.

También estaba Adrián, un flaco alto, sombrío, serio y taciturno. Había sufrido las penurias de un amor imposible de ser concretado con mi ex novia hacía ya tres meses. Apenas hubimos terminado, ella buscó la manera de vengarse de mí mostrándome una relación surgida, tan espontáneamente, con Adrián. Una ventana de nuestro curso que daba para la escalera inmediata al curso de Adrián les había servido de medio de comunicación tan cercano, pero a la vez tan lejano. Estaban solamente a centímetros, pero las barreras de la ventana no permitían el roce de sus labios, lo cual me dejaba tranquilo. Francamente, me molestaba la situación, pero trataba de no mostrar dolor ni sufrimiento en frente de ellos.

Un día, mientras estábamos en hora libre, él bajó por las escaleras y golpeó el vidrio de la ventana. Agustina se le acercó y lo saludó con un "hola, corazón". En ese instante sentí que el mundo se me desmoronaba. Y terminó de desmoronarse cuando la llamó a su amiga Lourdes, que por ese entonces "se estaba conociendo" con Mauricio, y le pidió que escribiera en el pizarrón: "Adrián y Agustina". Traté de hundirme en las notas de una trompeta nostálgica, que interpretaba Dizzy, en un disco grabado, de hacía más de cuarenta años, cargado en mi reproductor de música.

Estaba Fernanda, a quien noté distante desde un primer momento. No supe en ese instante si ella tenía intenciones de forjar una amistad conmigo. Pero tampoco quise averiguarlo, porque sentía que era de esas personas que, si no te hablan ni siquiera para decirte hola, entonces no te hablarían nunca. Afortunadamente, me equivoqué. De a poco comencé a conocerla, y empezamos a querernos mutuamente. Nos hicimos muy buenos amigos, pero antes tuvimos que pasar momentos casi desgarradores. Me dolía que ella me odiase, y a ella le dolía el hecho de no poder reventarme a trompadas.

Esos momentos de tensión fueron producto de una disputa casi tan estúpida como increíble: Política. El año pasado, yo había ganado el puesto de Delegado del Curso para crear un nuevo Estatuto. Y ella había ganado el suyo para representar a su curso. Y cuando nos fusionaron en uno solo, surgió la disputa. Debo admitir que todo fue en gran parte mi culpa, y fui capaz de pedirle perdón, y ella fue capaz de aceptármelas.

Pero, durante esos meses de peleas y discusiones, estaba también ella, la única culpable de mis noches plagadas de insomnio.

Simplemente me odiaban. Entre ellas, el odio hacia mí era compartido.  Pero de a poco comenzaron a darse cuenta de que, en realidad, yo no tenía malas intenciones.

La primera vez que ella me regaló un abrazo, fue cuando ya había pasado el temblor. Era invierno. Yo estaba con el uniforme del colegio, un chaleco azul y la campera del colegio. Ella vino y me pidió que le hiciera un lugar en mi silla. Yo gordo, ella flaca, por lo menos una tercera parte de la silla le podía dar.

-Me gusta tu chalequito -me dijo.

-Hace años que lo tengo -le respondí, riendo.

-Tendrías que prestármelo.

Estábamos conversando, y no podía acomodar el brazo para evitar cualquier tipo de contacto con ella. Recién la conocía, no podía actuar de una. Entonces me dijo: "Abrazame por el hombro, no hay problema". Accedí. Tampoco sentía deseos de negarme.

Estuvimos conversando acerca de sus anillos. Como ya teníamos un juego con Fernanda, en donde ella era mi esposa y yo su esposo, ella me dijo que habría de ser mi amante. Entonces se acercó un compañero, sacó su celular y quiso sacarnos una foto de imprevisto. Pensé que ella habría de detenerlo y levantarse, pero en vez de eso, se acomodó y le dijo que nos la sacara.

No supe qué pensar. Sentí varias cosas. Cuando tocó el timbre del recreo, nos levantamos y me abrazó. Luego se fue al kiosco. Y yo me quedé allí, esperando a que viniera y me abrazara otra vez, pero no lo hizo. Sino que lo hizo varias veces durante dos meses.  Y cada vez que lo hacía, sentía que mi amor por ella se acrecentaba. Cada vez más sentía que amaba más y más su flacura, su andar tan elegante, su parada tan soberbia, sus rulitos de escoba.

Parece música, su todo parece música. No encuentro nada más con qué compararla sino con música. Sus piernas flacas y altas como los armónicos del Modern Jazz Quartet, sus caderas tan sensuales como la música árabe, sus rulos tan secos y opacos como una trompeta con sordina. Todo ella era música. Y mientras la esperaba con tantas esperanzas en mi casa, me puse a escuchar el quinteto liderado por Dizzy y por Charlie. Y mientras sus instrumentos sonaban por los auriculares y la preciosidad de sus notas deleitaban a mis oídos, me acordaba de ella. Pero su cara no venía a mi mente. Hasta que Dizzy, con su voz tan colorida y tan poco afinada, cantó: "Oh Shoo Bee Doo Bee, means that I love you", me metió su cara tan nítidamente, que casi puedo jurar que la vi como a una imagen en la computadora. "I love you", era lo que necesitaba escuchar para recordar su bella cara redonda, adornada aún más sus labios rojizos entrefinos y su nariz pequeña y con perfil perfecto. Pero lo que más me impactó fueron sus rulitos de escoba, que me recordaron a los incesantes solos de trompeta del cachetón Gillespie: totalmente desafinados, pero extrañamente perfectos y melodiosos.

De repente tocaron el timbre. "Ayelén", pensé. Me saqué los auriculares y corrí hacia la puerta. Mi corazón latía al ritmo del jazz. Traté de serenarme, pues estaba demasiado nervioso. No era fácil imaginar que una situación casi utópica se pudiera hacer realidad, pero traté. Traté de visualizarla entrando en mi casa, dejando su cartera a un lado y sentándose en alguna silla de mi cocina y pidiéndome un sánguche de salame con un poco de gaseosa.

De a poco, lentamente, acerqué mi mano hasta el picaporte y lo agarré firmemente. Transpiraba océanos. Las esperanzas se acrecentaban. Sentía en mi corazón que ella estaba del otro lado de la puerta, esperando entrar y pasar una tarde genial. Y yo esperaba que fuera ella para pasar una tarde genial y cerrarla con un beso, uno breve, pero dulce, cargado de cariño y amor.

Tomé aire y abrí la puerta con los ojos cerrados. Cuando los abrí, estaba doña Dora, que vino a pedirme el diario. Debo admitir que todas mis ilusiones se fueron al piso, y no me quedó más remedio que levantarlas. Aunque, debo admitir que todavía tengo esa manía de disfrutar del dolor que me causa su amor. Por eso, todavía disfruto al ilusionarme con ella.

 

 


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